Mi mismo todo: Jesús Garza Arocha, "El Charro"



Texto y fotografía por Federico Jordán / Eyejournalism.com

Jamás jinete, mucho menos cantante, su mote le viene de su padre Policarpo, cuando en el umbral del nacimiento de su hijo, sin parar cantaba: “¡Será charro!, ¡será charro!”. Así nació don Jesús Garza Arocha, un 11 de noviembre de 1933, en el Distrito Federal. Su apelativo: El Charro.

 —¿Qué aprendiste de tu padre?

 “Mucho y poco, porque ahorita en mis últimos años, mis últimos días, siento que lo necesito mucho”, —su voz se entrecorta. “Él fue muy gentil conmigo, me enseñó hasta donde pudo. Un hombre muy recto. Aprendí afortunadamente todo lo bueno, me siento muy orgulloso de ser su hijo”.

 El Charro exhausto en su silla todo terreno pide oxígeno, su nieto Emiliano lo auxilia: “¿Lo quieres en dos?” —pregunta Emiliano. “Tú ponle tres”, —ordena El Charro. En segundos el oxígeno fluye, su voz y semblante se vigorizan. “Estoy listo, prosigamos”, —asienta don Jesús. 

—¿Tienes miedo?

 “Tengo miedo a vivir” —silencio. “Me lo preguntaban hace tres días. No. Si salgo de ésta ¿cómo voy a vivir la siguiente? Porque hubo ratos aquí, hace cuatro o cinco días que me decía: ‘Me quiero morir, ya no me hagan la lucha, ya me quiero morir, tengo 80 años, ¡ya dejénme!’. No tengo miedo a nada, tengo miedo a que Dios me dé vida unos dos o tres años mas... va a estar de la fregada”.

-¿Que te apasiona?

 “Tengo muchas cosas. Traigo cuatro o cinco fierros en la lumbre, como se dice. Lo que más me apasiona es la música, mi revista turística, mi negocio y principalmente mi familia. Si volviera a nacer, salvo dos tres tropiezos que tuve en la vida, me gustaría tener la misma familia, mi mismo todo, porque he sido una persona muy feliz, mucho muy feliz”.

 -¿Y la música?

 “Ahí Catón me hizo el favor de darme un programa de cinco horas cada semana que aún lo manejo grabando discos. Ya no puedo ir, pero es un programa que requiere de mucho estudio. Trabajo cinco horas al aire, pero tengo como de 12 a 15 antes para estudiar. Me preguntan: ‘¿Tocas un instrumento?’ No. ‘¿Compones?’ No. ‘¿Cantas?’ No. ‘¿Cómo no vas a hacerlo si sabes tanto de música?’ Yo creo que uno en millar son los que cantan, componen, tocan guitarra, tocan piano, tocan lo que sea. Y los que escuchamos, somos un mundo grande. ¡Yo sé escuchar la música!”

 —Háblame de Pepe Jara.

 “Me hice amigo de él. Lo vine a ver cuando inauguraron el Hotel Camino Real hace muchos años. En un intermedio, estaba él fumando y yo iba al baño. Me habló por mi nombre y fui encantando de la vida. Lo felicité y todo. Me dijo: ‘Te voy a decir esto, pocos cabrones me he encontrado en mi vida que me escuchen como tú. De aquí en delante vas a ser mi amigo’. Y fuimos amigos hasta su muerte. Venía a mi casa, viajamos juntos a muchos lados y me empapé en la música.

 “Con Pepe Jara aprendí de una canción. Se llama ‘Libro triste’. Y me platicó: ‘Conocí a la Chivi, mi esposa, ella jovencita y yo ya viejo, ya con divorcio y con todo. Escribí esta canción para ella’.

 “La canción dice: ‘Ya probé tus besos y desde entonces no he podido ser feliz, porque en la vida lo más extraño, es que en el ocaso de mi vida, me suceda a mí, yo que tantas veces he tenido tantos, tantos desengaños. Hoy vivo un cariño, ese cariño que sólo se vive a los 20 años’.

 “La desmenuzas y ves poesía, es algo que te está sucediendo, que te enamoras de viejo, cuando crees que ya todo se acabó en el ocaso, te viene algo bonito, te enamoras. Pepe se casó, tuvo dos hijas con esa mujer, viviendo felices hasta que murió él. Todos los que componen canciones traen algo. Entonces tú piensas y dices: ‘¿Qué hago en mi vida? Vívela ¿Cómo la vivo? Como te vengan sucediendo las cosas’. La vida es un milagro”.

 —¿Qué consideras que sea tu legado?

 “Los dinosaurios, yo tuve mucho que ver ahí. Tengo un legado de la música que nunca se va acabar, tengo un legado en el piso de barro de Saltillo que lo metí a todo el mundo, he hecho mucho por la hotelería, sin cobrar nada.

 “Ahorita estoy haciendo un regalo, son unos 5 mil discos a una radiodifusora en Monclova, de un sobrino que quiero mucho, porque él me ocupó en una temporada ahí. Él es un apasionado de la música y siento que algo ha de haber en la misma sangre. Como lo veo yo ahorita, así me veía yo.

 “Yo me iba a Cuba y me traía 40, 50 ó 100 discos, me iba yo a Colombia, allá hay un chorro. Me venía cargado de discos, poco a poquito y escogidito, como si compraras fruta”.

 Silencio. Se escucha el trino de los pájaros en el jardín de su casa, construida toda, con su famosa cerámica. Sobre la enorme mesa de travertino, una copia de su revista turística. En la portada, la imagen de Magaby, la niña cantante. El Charro toma la publicación y dice:

 “Te vas a un ranchito y escuchas una voz, por ejemplo Magaby, yo la eché a volar. Todo el mundo le dio la espalda. El idiota de Armando Guerra no la recibió, no la pudo escuchar tres minutos en dos pinches meses”, —dice encrespado, y se calma. 

“Humildes ellos, su papá obrero de Altos Hornos. Aquí con mis amigos vino Magaby, cantó y juntamos 11 mil pesos, se los dimos y les dije: ‘¡No! Ya parió la vaca, hay que alimentar el becerro, esto por mes”.



 —A propósito, ¿Quién te dio tu primera oportunidad?

 “Una vez defendí a un gringo que le querían cobrar mucha lana, yo desde chiquito hablo inglés. Él venía buscando ladrillos y fue el que me metió a trabajar como ladrillero, ahí hice mi capital. Se llamó Virgilio Deveraux Packer. Se mató en un accidente de aviación. Me dejó un tremendo legado aquí en la cabeza, fue un padre para mí”.

El Charro mira hacía el techo buscando un recuerdo, lo encuentra y sonríe.

 “Yo admiro a mucha gente, y admirar es dar grandeza a esa gente. Por ejemplo mi amigo Catón, pues nomás platicar con él, te ríes y todo. Entre broma y broma estás sacando cosas. Cuando abrió su estación de radio, inmediatamente me puse a sus órdenes, no como locutor, pero un día me vi ante el micrófono asustado. Me dije: ‘Pues te quedaste solo, cabrón ¡Échale!’ En cada programa recibía elogios. Es bonito que digan: ‘no sabía que sabías hacer eso’. Te levantan el espíritu, te sientes chingón”.

 —¿Qué recuerdos tienes de tu infancia?

 “Ojinaga, Chihuahua. Donde viví de chiquillo, más o menos de los 8 a los 16 años. Era una vida salvaje. andábamos en el monte matando víboras, robabas fruta, sandías, todo lo que sembraban ahí. Fue una experiencia increíble. No había nada de drogas, a mí nunca me tocaron. Como decía mi amigo ‘La Pulga’: ‘Nunca he fumado mariguana, porque nunca me la ofrecieron’. Viví una vida a toda madre, con tropiezos”.

 —José Alfredo dice: ‘He ganado dinero para comprar un mundo más bonito que el nuestro’.

 “Dinero tengo para comprar lo que yo quiera”, —tose El Charro, “porque lo que yo quiero es lo que puedo, no me alargo a comprar cosas que no puedo. Dios me ha dado todo. Es una manera muy positiva de ver la vida. Estoy mucho muy agradecido. Gracias a Dios tengo muchos, pero muchos amigos, una familia increíble”.

 –¿A dónde irás “veloz y fatigado”?-

 “No he pensado mucho en la muerte, yo me imagino que es un sueño del que no despiertas. Te acuestas a dormir y ya no despertar. Eso va a ser”.


Federico Jordan

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