Geroca

Dibujos de Gerecoa. Mi retrato a la izquierda aquella tarde en el bar de Villagrán.  A la derecha, autorretrato de Geroca en un hotel de Parras de la Fuente, Coahuila.
Geroca, solitario saltillense de 60 años, es reconocido por su temperamento asocial.
Por eso, me sorprendió aceptara mi invitación a encontrarnos. Quedamos, a través de un correo electrónico, de vernos a las cinco de la tarde, en una popular cantina de la calle Villagrán en Monterrey. Era julio del 2006.

Afuera la luz del día, adentro la oscuridad. La cantina estaba llena, miré por todos lados, hasta que un hombre delgado me saludó con su gorra desde la mesa de un rincón. Tenía cerveza, lápices y hojas sobre su mesa. Deduje era Geroca.

Sin decir una palabra, me senté frente a él. Analizamos nuestras plumas y lápices. Tomó uno de mis colores y lo probó en su libreta. Intercambiamos  plumas. En silencio se apropió con curiosidad de mi Moleskine y yo su Scribe de espiral. Miramos los dibujos, nos regresamos los cuadernos. Nos retratamos. Después dibujamos el entorno por un par de horas. Ya en confianza, cruzamos unas palabras. Así, empezó nuestra amistad.

Gerardo Rodríguez Canales, Ge-Ro-Ca, inició su trabajo como monero en Vanguardia de 1977 a 1986, con don Armando Castilla Sánchez y Armando Fuentes Aguirre. Experimentó aquí, en papel o madera, utilizando tintas de prensa.

Me recalcó tener influencia del trabajo de otros artistas del género monerístico, como Helguera, Naranjo y sobre todo, el mayor exponente del feísmo en la caricatura nacional: Magú. Yo comenté que su intertextualidad también le viene del Neue Sachlichkeit, especialmente de Otto Dix y George Grosz. El asintió y comentó.

Desde ahí, durante un año,  nos reuníamos dos o tres veces por semana para dibujar en cantinas del centro de Monterrey.

Nos gustan las mujeres robustas, fuimos a un bar de gordas del centro. Yo pagaba diez pesos por bailar con una corpulenta mujer. Geroca miraba. Dibujó toda una serie donde bailoteo con ellas.
En otra ocasión fuimos a un table de la calle Villagrán. Nos acompañó el director de arte Óscar Estrada, quién después diseñó un maravilloso libro monográfico sobre Geroca, publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Ahí en el table, dibujé. Geroca sólo miró. Una encuerada, se sentó sobre la mesa en que yo dibujaba para observarme. Geroca, que se encontraba a mi lado, tomó y besó la rodilla de la mujer durante varios minutos. Nos fuimos.

Una semana después Geroca me mostró dos cuadernos repletos de ese momento: él besando la rodilla de la mujer replicando a detalle todo el ambiente, en infinidad de variaciones imaginarias.

Geroca conquistó su memoria y mirada al dibujo. Sus dedos son la horma del lápiz, no dibujan por el arte, lo hacen por su sanación. Esquizofrénico tal vez, se audibuja fuera de sí y contempla el alma de su mundo.  Su observación y curiosidad son su vitalidad. Geroca mide casi el metro con ochenta centímetros, pesó unos 45 kilos. Desayunaba plátanos o naranjas, comía frijoles y cenaba unas cuatro cervezas.

La última vez que le vi en Monterrey, Geroca y Óscar fueron a mi casa juntos a tomar cerveza. Geroca gritó. Maldijo estudiar arquitectura en el Tec de Monterrey y lloró por su madre. Nos fuimos y ya no nos reunimos.

En su casa del centro de Monterrey. Su cama individual, tenía un espejo al frente y en el techo, que usaba para autorretratarse. En la orilla del cuarto, estaba su mesa de trabajo con pinturas, una silla de la Coca-cola alcolchonada con fundidos periódicos. Tenía arrumbados cientos de miles de cuadernos Scribe de espiral. Todos repletos de dibujos, que desaparecieron en su mudanza a Saltillo.

Geroca rompió con Moanin del Nuevo Café Brasil, se mudó a Saltillo, rompió sus dientes y lo arroparon en El Cerdo. Hace unos años, un sábado me lo encontré dibujando en el Starbucks de Saltillo. Un contraste para los lugares que suele visitar.

Geroca, el más grande artista que conozco, me invitó a su exposición en el Cerdo. Es hoy.

Federico Jordan

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